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las primeras líneas": "Sentía como si se me fuese la vida. Iba a revestirme para celebrar, pero tuve que salir de la sacristía para ir a ahogar en el llanto mi amargura. Mientras decía misa, en el momento de la consagración, Jesús me consoló un poco durante unos instantes. Luego me vine abajo". Tres meses antes de los estigmas, exactamente el 19 de junio de 1918, en una carta larga al P. Benito da cuenta de su "estado.. . digno de lástima": "Me siento aplanado moral y físicamente .. . Tan melancólico, acosado, lleno de tedio, tan desfallecido cuando me acerco al altar con disgusto y repugnancia por la vehemencia, monstruosidad y fealdad que me acompañan. Lo que pasa por mí en aquel tremendo espacio de tiempo en que estoy en el altar, no acierto a poder decirlo, porque el alma lo siente sin comprender– lo". Habla de "sueño letárgico" que le acompaña mientras celebra: "Las más de las veces no sabría decir si estoy o no estoy en lo que hago: el letargo me parece que primero me acompaña y que después me engulle... Si lo pensase en aquel instante, moriría. En otros tiempos bastó que sintiese un síntoma para obligarme a doblarme sobre el altar. Este sueño letárgico, que me reducía a una total impotencia, solía atormentarme muchísimo, y casi siem– pre iba seguido, por la impetuosidad de los esfuerzos, de una total incapacidad de los sentidos interiores y exteriores... Juzgue usted si mi estado no es realmente digno de lástima". Casi dos meses antes de los estigmas, el 27 de julio de 1918, da cuenta de todo lo que le sucedió mientras celebraba la misa del día del Corpus, el 30 de mayo de 1918: "Recuerdo que en la mañana de aquel día, al ofertorio de la santa misa, llegó hasta mí un hálito de vida; no sabría decir, ni remotamente, lo que en aquel momento fugaz ocurrió en mi interior. Me sentí como sacudido en todo mi ser, me llené de un terror extremado y poco faltó para no perder la vida. Luego me entró una calma completa, como nunca había sentido anteriormente. Todo este terror, sacudida y calma que se siguieron una a la otra, fue producido, no por haber visto nada, sino por algo que me tocó en lo más secreto del alma. No acierto a decir más sobre este suceso". Fue é~te uno de esos toques sustanciales, maravillo– sos, que Dios hace sentir a sus predilectos, algo antes de acercar– los más a El, en la inmolación. Por eso la consecuencil:l fue ofre– cerse "todo entero al Señor", como había pedido Benedicto XV. La misa que estaba celebrando era para pedir por la paz, según 195
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