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d') · Q ' ') d b . . ' h · 1 se ... . ¿ ue era .. .. me evora a.. . y me martmzo asta a comu- nión". O estas otras que se le escaparon en otro de sus éxtasis, después de haber recibido la comunión, igualmente en Venafro: "Jesús mío .. . ya te sentía en mi corazón como los discípulos de Emaús... te sentía.. . con tu dulzura... ya no siento la sed ... Ah, Jesús mío, dulzura mía... " Cuando le era negada esta dulzura, por verse privado de poder celebrar, experimenta un desconsuelo que resulta difícil expresar. Por ejemplo cuando escribe desde Nápoles el 26 de agosto de 1917, sin poder celebrar por encontrarse sometido a examen mé– dico en una clínica: "Me encuentro muy desconsolado por el único motivo de no poder celebrar. .. Qué desolación". Todavía en su estancia en Nápoles, cuando vuelve de nuevo a decir misa, siente una gran alegría, porque es "el único consuelo" que le queda". A veces, cuandro celebra - desde 1921 - experimenta un "in– cendio" que le envuelve "toda la persona". Escribe desde Pietrel– cina, donde alargaba la misa hasta cuatro horas: "Los latidos del corazón mientras me encuentro con Jesús sacramentado, son muy intensos. A veces me parece que se me quiere salir del pecho. En el altar siento en ocasiones un incendio tal por toda mi perso– na, que no soy capaz de describirlo. Sobre todo la cara me parece que se me hace una llama". También desde Pietrelcina, el 21 de marzo de 1912, alude a las "dulzuras" que ha experimentado después de la misa del 19 de marzo: "La cabeza y el corazón me arden; pero era un fuego que me sentaba bien. La boca sentía todo el dulzor de aquellas carnes inmaculadas del Hijo de Dios. Oh, si en ese instante, que en estos momentos casi lo siento todo de nuevo, lograse sepultar para siempre esos consuelos en mi corazón, me creería en un paraíso. Qué alegría me causa Jesús. Qué suave es su espíritu. Pero yo me siento confundido y no acierto a hacer otra cosa sino llorar y repetir: Jesús, mi alimento". Copfiesa su gozo por la misa diaria: "Todas las mañanas viene a mí y derrama en mi pobre corazón todas las efusiones de su bondad... Este Jesús casi siempre me pide amor. Y le contesto, más con el corazón que con los labios: Oh Jesús mío, quisiera... y no me es posible continuar". La dulzura de la misa no siempre consigue apartar del todo ciertas amarguras. Así lo confiesa el 3 de junio de 1921 , después de haber leído una carta del P. Benito, "llena de reproches desde 194

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