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deseo. Y precisamente por no poder unirme a El es por lo que a veces, con fiebre incluso, me veo obligado a ir a alimentarme de su carne". Este alimento no le sacia ni le ofrece "la plena dulzura". Es– cribía en la misma carta: "Y esta hambre y esta sed más que quedar apagadas después que he recibido el sacramento, van siempre en aumento. Pero cuando después me encuentro en po– sesión de este sumo bien, entonces sí que la plenitud de la dulzura es verdaderamente grande y poco falta para que no le diga a Jesús: basta, que ya casi no puedo más . Casi me olvido de que estoy en el mundo... Con todo, algunas veces al amor y dulzura viene a mezclarse el compenetrarme de tal modo del dolor de mis pecados, que me parece que voy a morir de dolor". Antes de celebrar se siente ya desgarrado de hambre y sed de Jesús. Se siente quemar por un fuego hasta el punto de quedar llagado. Son puntadas de una carta suya escrita desde Pietrelcina ya el 3 de diciembre de 1912. En ella expresa indirectamente el gozo de sus misas, que viene celebrando desde hace ya dos años: "Quisiera por un momento descubrirle mi pecho para dejar ver la llaga que el dulcísimo Jesús ha abierto en mi pobre corazón. Este ha encontrado por fin un amante que de tal modo se ha apasio– nado por él que ya no sabe irritarle... Se ha enamorado de tal modo de mi corazón, que me tiene todo encendido en su fuego divino, en su fuego de amor. ¿Qué es este fuego que me invade totalmente?" Está convencido de que todos, especialmente los sacerdotes, arden en este fuego ante la Eucaristía. Piensa que acaso no lo advierten, porque el corazón de ellos es más grande que el suyo. "A veces me pregunto si hay almas que no se sientan arder por dentro con el fuego divino mientras se encuentran delante de él en el sacramento. A mí me parece imposible, sobre todo tratán– dose de un sacerdote o religioso. Acaso las almas que dicen no sentir este fuego no lo notan por tener un corazón más grande. Sólo con esta benigna interpretación me asocio a ellos para no tacharlos vergonzosamente de mentirosos". Este fuego y esta sed atormentaban al P. Pío ya cuando vivía en Venafro. Son explosiones recogidas y transcritas por el P. Agustín, su director, en un éxtasis que el P. Pío tuvo el 29 de noviembre de 19 I I: "¿Qué eran esta mañana aquellas llamas del corazón?... El corazón quería escaparse... ¿Qué era?... ¿Y aquella 193

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