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de su cuerpo. Su comportamiento seráfico. Ciertos sollozos silen– ciosos.. La duración de la celebración, que llega hasta las dos horas: todo proclama que vive intensamente la pasión de Cristo, con el que se inmola para la salvación del mundo. En torno a su altar - al lado derecho, de la antigua iglesia de Santa María de las Gracias, dedicado a San Francisco de Asís– se apretuja la gente. Influye y no poco la curiosidad, que le desvela desde muy temprano. El hecho es que se encuentra de rodillas en torno al altar, para oír la misa. Junto al fraile que celebra, transfigurado por el amor y el dolor, la gente cree y reza. Muchos, durante aquella misa, comprenden que han caminado por sendas equivocadas y vuelven a Dios. Si la misa del P. Pío lo es todo para tanta gente, lo es todo también para el celebrante. En su vida. Mientras la celebra, vive su misión. Por eso aseguró un sacerdote que le vio celebrar: "Desde que asistí a la misa del P. Pío, no volveré a despachar a la ligera mi misa". Otro testigo ocular, el doctor Festa, escribe: "Es éste uno de los momentos más destacados de la vida claustral del buen frai– lecillo... El recogimiento austero y el fervor que se transparentan en su mirada y en su rostro mientras se desarrolla el rito místico, la perfecta abstracción de su espíritu en el momento solemne de la consagración, el modo como pronuncia las oraciones sagradas y ofrece al Eterno el sublime holocausto, ejercen una acción su– gestiva tan poderosa, una fascinación tan profunda en el ánimo de los asistentes, que más de una vez he visto rodar por las mejilla de los menos creyentes y de los más desconfiados las perlas re– dentoras de la emoción, del arrepentimiento y del amor. Por eso no es de extrañar si, a pesar de los dos kilómetros que separan San Giovanni Rotondo del convento, a pesar de los guijarros, el barro y la nieve que dificultan la ida: hombres, mujeres, ciudada– nos de todas las clases sociales, extranjeros, personas cultas, con frecuencia acatólicos, marchan contentos a la iglesiuca, movidos por un atractivo suave y misterioso". El sacerdote salesiano don Luis Ripoli confesó: "Lo que más profundamente impresionó mi espíritu fue el modo como cele– braba la santa misa. También yo, desde hace muchos años, ofrez– co diariamente a Dios el divino sacrificio; pero he de confesar que mi corazón y mi mente nunca habían penetrado en su mara– villosa grandeza, como cuando vi celebrar al P. Pío. Y, mientras 190

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