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9 EN ELALTAR Confesonario y altar El sacerdote Pío de Pietrelcina vivió, durante cincuenta años, con las llagas de Cristo en su cuerpo. Es como si Dios le hubiese colocado sobre la pendiente rocosa del Gargano -nuevo Calva– rio- como un Cristo crucificado, levantado delante de la mirada de los hombres para atraerlos a sí. Durante medio siglo, de 1918 a 1968, los hombres volvieron la vista al capuchino estigmatizado de San Giovanni Rotondo. Sus inexplicables estigmas fueron los que contribuyeron a con– quistarle lo que Pablo VI llamó "clientela mundial". Pero el que subía a la iglesita de Santa María de las Gracias no lograba ver los estigmas. El P. Pío los escondía con todo cuidado. Sin em– bargo, todos podían contemplar a aquel sacerdote dolorosamente afortunado, semejante a Cristo hasta externamente. El rostro del P. Pío aparecía doliente entre las rejillas del confesonario o en una esquina de la sacristía, acomodada para oír confesiones, o se le veía, también dolorido, entre los cirios encendidos del altar en el que celebraba la santa misa. Las coordenadas de la vida del P. Pío son dos: el confesonario y el altar. Son los dos únicos pedestales sobre los que se mostra– ban su vida y su actividad . Son lugares misteriosamente relacionados: donde hay uno, se da el otro. Mientras los hombres seamos pecadores, se necesita un sacramento que lave y yna fuente de donde brote el agua purificadora. Aquí está todo el P. Pío: o como ministro del perdón, en el confesonario, o como ministro de salvación en el altar. En ambos 187
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