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con todo detalle las comuniones hechas durante años y años en pecado mortal, al lado de la madre y del marido, para salvar las apariencias de honradez. De la despiadada filípica brotaron la conversión y el propósito de reparar. Penetrar en las conciencias era, para el confesor del Gargano, un don terrible. Le causaba un dolor agudísimo. El P. Domingo Mondrone, jesuita, observa: "De cuando en cuando se notaban en el rostro, en la mirada, en las palabras, rasgos de amargura, que... procedían... de la vista de cosas que no hubiera querido ver y que, antes de entristecerle a él, entristecían el corazón de Dios y perjudicaban a las almas. Uno de los favores más terribles... que el Señor puede conceder a un alma, sobre todo a un alma sacerdotal, es el de leer en los corazones como en un libro abier– to... ¿ Yqué decir de un sacerdote que, como el P. Pío, permanecía durante horas, meses y años, en aquel desaguadero de todas las miserias humanas? Estar allí, cara a cara con el pecado. Tanto más cercano cuanto su alma estaba de él más alejada, más unida a la santidad de Cristo, y ver y oír lo que es el pecado, y vivir el horror, ymedir los estragos, y sobre todo la ofensa hecha al amor divino". · Si negaba absoluciones era porque veía el fondo del alma. Encontraba en ella más curiosidad que fe, descubría arrepenti– mientos insinceros, propósitos indecisos. Si el tabernáculo guarda a Cristo que vive y se da en alimento, el confesonario es el tabernáculo que guarda a Cristo que se da como misericordia: es esto lo que proclamó, durante cincuenta años, el confesor de San Giovanni Rotondo. El confesonario de aquella ciudad de la Pulla tiene mucho que decir del P. Pío. Dice sobre todo que "el que tenía la suerte de caer en sus manos podía tener la seguridad de no escapar más. Era el suyo un amor celoso, como el de San Pablo. Las almas constituían su pasión, su tormento, su presa". 185
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