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las sublimes enseñanzas del Señor, me abrió de nuevo los ojos del espíritu, vi la luz verdadera, me tocó el corazón y conocí la verdadera fe. Ahora siento dentro de mí verdaderamente la paz del espíritu. Ahora conozco al verdadero Dios... Todo se lo debo al P. Pío". El profesor G. Félix Checcacci, de Génova, autor de novelas y de obras de teatro y de música, había vivido en Oriente unos cuarenta años. Entre viajes y contactos con personalidades ilus– tres en el campo cultural, religioso, artístico, se había dedicado a estudios comparados de las religiones asiáticas, llegando a consi– derar al cristianismo como una derivación del brahmanismo y del budismo. Una noche oyó que le llamaba el P. Pío, visto en sue– ños, para que fuera a encontrarle. No dio un paso después de oír aquella voz. El P. Pío -a quien Checcacci había conocido a través de una publicación- repitió su llamada. Le invitó a que al menos le escribiera. Checcacci nos lo cuenta: "Escribí al P. Pío pidiéndole, no bienes materiales, sino la paz del espíritu. Dos días más tarde, al atardecer, noté de improviso como un susurro y una voz interior me dijo: Vete a la iglesia y reza. Confieso que hacia más de treinta años que yo no iba a la iglesia por devoción. Obedecí y, durante la oración, he aquí que la voz interior me susurraba: La fe no se discute. O la aceptas con los ojos cerrados, admitiendo la insignificancia del hombre para comprender los misterios o la rechazas. No hay término medio. Escoge. Desde aquel día escogí mi camino y debo al P. Pío la vuelta a la religión de mis padres". Lo mismo que le sucedía a Cristo, le sucede al P. Pío: no hay alegría mayor, no hay fiesta más auténtica que cuando puede otorgar el perdón, impartir la absolución. Cuanto el pecador está más arr~pentido, tanto más goza y sufre el confesor. Siente gozo y dolor, porque cada absolución es como un parto , precedido de penosa gestación. Era una frase habitual ésta que el P. Pío repetía a las almas: -Te he engendrado en el amor y en el dolor. "Así se explican - observa un testigo ocular- aquella con– torsión de los labios, aquella pasión interior que se reflejaba en todo su rostro, cuando con aquella mano que goteaba sangre, pronunciaba las palabras de la amorosa omnipotencia de Dios". Otro testigo ocular, el P. Tarsicio de Cervinara, recuerda: "Re- 182

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