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Para esto - afirmó el Cardenal Conrado Ursi-- el P. Pío estuvo, durante toda su vida, clavado literalmente al confesona– rio. Lo que le caracteriza fue, más que la oración, la penitencia o los milagros, el ministerio portentoso del confesonario. Las gen– tes, que llegaban de todas las partes del mundo, la casi totalidad no venía en busca de gracias, de milagros, sino para confesarse . con él. Sólo por esto afrontaban las molestias de los largos viajes y con frecuencia una prolongada permanencia en San Giovanni Rotondo, esperando turno para confesarse. Ycon todo, las con– fesiones del P. Pío no eran fáciles, cómodas, no eran aquellas piadosas caricias que todo lo minimizan; más bien resultaban molestas, durísimas para quienes se cerraban a la sinceridad y no se abrían al arrepentimiento y al cambio de vida. En aquel con– fesonario experimentaba la misericordia de Dios solamente el que aceptaba la luz, cumplía la penitencia por sus culpas y se disponía a morir y a resucitar". Aunque en lo esencial no eran distintas de las confesiones administradas por otros sacerdotes, las confesiones del P. Pío tenían como distintivo la gran cosecha de conversiones. Tenemos la autorizada afirmación del Cardenal C. Ursi: "Poseía para este ministerio un carisma especial, en virtud del cual penetraba más fácilmente en las conciencias para estimularlas y ayudarlas a re– accionar, a levantarse, a expresarse con humildad cuando se acu– saban, a la sinceridad del arrepentimiento, a la esperanza de verse libres. Llevaba a los penitentes -muchas veces con modales brus– cos y rehusando absolverlos, tocando de este modo hasta los corazones más endurecidos- a morir y a resucitar. A mudar de vida. La historia recoge muchos casos de notable interés". Veamos algunos. Ferruccio Caponetti, masón, había dedicado los años de su juventud al estudio del materialismo de Haeckel y de las teorías teosóficas de Steiner, Besant y otros. Llegó a com– prender que no eran aquellos los caminos que conducen a la luz. Un día tomó una decisión. Es él mismo quien lo relata en una carta escrita en Bolonia el 18 de noviembre de 1931: "Subí por el áspero sendero del Gargano, encontré al Maestro, que me acogió con alegría, porque vio en mí a un ciego. Oyó sonriente las dudas de mi pensamiento. Con sencillas palabras, pero con una inmensa profundidad de pensamiento, demolió una por una todas las teorías de que tenía lleno el espíritu, sin que yo encontrase nada que oponerle. Puso de nuevo al desnudo mi alma y mostrándome 181
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