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tas. A la luz de estos hechos comprendemos mejor al confesor, al que se le llamó huraño y muy amable. Su dureza era exigencia de su amor. Pero había un pecado, cuya gravedad hacía que el P. Pío se disparase, obligándole a condenarlo inexorablemente: los pecados contra la maternidad, la maliciosa limitación de la prole. Era éste un delito -el delito contra la vida en su misma fuente- que sentía atrozmente, él que había hecho de su vida una entrega completa al Señor. Pocos como el P. Pío se opusieron valerosamente a la supre– sión de la vida, a la desbordante "destrucción de los inocentes". Amaba toda vida, pero sobre todo la vida humana que comienza, porque está indefensa, porque está a merced de los caprichos egoístas de los hombres. Cuando el 25 de julio de 1968, poco antes de terminar su vida terrena, conoce la promulgación de la encíclica Humanae vitae, que tanto le costó a Pablo VI, el octogenario P. Pío salta de gozo. Lee y besa aquel documento, porque le sonaba como un himno al amor, a la defensa de la vida. Otros pecados, que para el P. Pío resultaban también inso– portables, eran los que iban contra la verdad (la mentira), contra la caridad (maledicencia), contra la pureza (lujuria y adulterio). Fustigó con energía, difícilmente comparable con la de otros pastores de almas, la moda indecente. No se libraba de su caris– mático furor quien exponía su cuerpo a la corrupción y a la prostitución. Los que vuelven a Dios Maneras suaves y maneras rudas del P. Pío como confesor. La verdad era que aquel confesonario era testigo de numerosas conversiones. Unas se realizaban instantáneamente, otras iban madurando con el tiempo, a lo lejos. Sólo Dios sabe cuántos hijos pródigos se echaron en sus brazos, llevados por el P. Pío. Para esta obra de la gracia es por lo que el P. Pío se sentó en el confesonario durante toda su vida sacerdotal. Formaba parte de su "misión", era incluso su alma. 180
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