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mente adopto esta postura. El interior no se turba por nada. Y además, antes de dar un desplante al hermano, si supieses qué cuchillos atraviesan mi corazón. Pero si no obro así, muchísimos no vuelven a Dios. Otra vez, mostrando toda su capacidad de padre, confesó: - Yo puedo incluso pegar a mis hijos. Pero, ay del que me los toque. A fuerza de golpes quiero llevarlos a lo alto en seguida. Otra vez dogmatizó: Azotes y buen pan crían a los hijos sanos. Con ello la conducta del confesor brusco adquiere una dimen– sión muy distinta: la de redención. Precisamente el citado P. Car– melo, escribiendo acerca de la rudeza del P. Pío (del que fue superior seis años, y cuarenta hijo espiritual) la llama "el terrible don de la rudeza". No faltan episodios de penitentes rechazados, que vuelven al P. Pío dispuestos a ser absueltos, arrepentidos y con un propósito firme. el P. Atanasio de Teano recuerda: "Es la fuerza de este amor, que atrae como un imán poderoso, a las almas al confeso– nario, el que las hace vol>1er, aunque hayan sido repetidamente rechazadas. Y su vuelta a San Giovanni Rotondo es la fuerza definitiva, decidida, a la casa del Padre Celestial. Y los que no vuelven a esta casa pasando por San Giovanni Rotondo, vuelven por otras distintas, porque la bendición, y no sólo la bendición, sino la oración, el sacrificio, el sufrimiento, la sangre del P. Pío las acompaña siempre". Fernanda Bianco Atestigua: "Todos aque– llos que fueron rechazados por el P. Pío experimentan un sufri– miento insoportable. Ningún cinismo, ningún razonamiento es capaz de borrar la pena y el desaliento que les invade el alma... Los hombres más insensibles han llorado de angustia, sin aver– gonzarse de ser vistos. Yninguno de los que fueron rechazados se marcha, pase lo que pase, antes de que aquella voz les haya hablado, antes que aquella mano se haya levantado para bende– cirlos". El P. Pío "alejaba" para más acercar; despedía a los indis– puestos para obligarlos a volver dispuestos. Y todo esto, porque con Dios no se juega, ni tampoco con el mal. "Es un hecho innegable - escribe el mismo P. Carmelo- que aquéllos que habían recibido una palabra, una frase dura, los que habían sido 'rechazados', volvían a él con mayor afán y audacia. No encon- 178
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