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de las almas ni comprometer la seriedad y santidad del sacramen– to. Veamos algunos ejemplos: Un amigo de don Alejandro Lingua, casado, fue al P. Pío para confesarse. En lugar de confesar relaciones con una amante, le empezó a hablar de su "crisis espiritual". El confesor se puso en pie: - Pero, qué crisis ni qué niño muerto. Eres un cochino y Dios está airado contigo. Márchate. Era el confesor que, ante Dios, quería la claridad del sí o del no. A algunos ni siquiera les quería confesar. Procuraba apartar– los de sí. Por ejemplo, Mariela Lotti, de Cosenza, de doce años, al llegar a la rejilla oyó que le decía: - Vete, no puedo confesarte. Con la desesperación de Mariela estallaron la admiración, la consternación, la inquietud de sus padres, allí presentes. Pidieron una explicación. El P. Pío contestó a la muchacha cuando ésta le preguntó por qué no la había querido confesar: -Podía haberlo hecho, pero no lo hice por tu bien. Casi nunca santificas los días festivos ni vas al catecismo, porque tus padres te mandan a algún recado. Si yo te confieso y me pongo a escuchar tus fa/tillas de costumbre, mientras sigues tranquila abandonando las cosas esenciales, no conseguimos nada. Mariela comprendió y comprendieron también sus padres. Volvió al confesonario y se fue para su pueblo más iluminada y decidida. Además no hemos de olvidar que el P. Pío poseía el don de leer en los corazones. Aquella su "rudeza" pastoral ha de ser comprendida a la luz de este don. Al conocer las disposiciones de algunas almas, el P. Pío asumía la obligada actitud, que muy bien podía ser la del sacerdote de modales bruscos. Se lo explicará él mismo más tarde al P. Carmelo de Sessano del Molise: -Escucha, yo trato a las almas según lo merecen delante de Dios. Preguntado por qué trataba con dureza a algunos penitentes , un día dio esta explicación: -Quito lo viejo y pongo lo nuevo. Otro día, terminadas las confesiones, el P. Pío subía las esca– leras del convento, cuando un hombre salió a su encuentro pi– diendo confesarse. El padre le miró con ojos severos y le lanzó unas palabras terminantes. Un capuchino allí presente, el P. Tar– sicio de Cervinara, invitó al padre a que se serenase. -Hijo mío - contestó con el rostro más sereno del mundo~ sólo externa- 177
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