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lugar donde se encuentran, porque la mano del juez está a punto de descargar sobre ellos? Su comportamiento brusco con algunos brota, por tanto, de sentirse "devorado por el amor de Dios y del amor del prójimo". "Todo se reduce a esto -sintetiza- : me devora el amor". Si la superficie nos ofrece un P. Pío "agitado", el fondo sigue disfrutando de una tranquilidad inalterada. "Créame - escribe al P. Benito en la misma carta del 20 de noviembre de 1921-... que en este momento mi interior no se siente sacudido ni alterado. No siento otra cosa si no es tener y querer lo que Dios quiere. Y en El me encuentro tranquilo, por lo menos en el interior siempre; exteriormente a veces un poco incomodado". Estas pocas líneas nos permiten penetrar en el misterio de su firmeza y -llamémos– lo así - de su malhumor pastoral. Yconcluye el P. Pío esta carta tan humana: todo es cuestión de "vivir del corazón". Un día trató duramente a un alma. Una persona que estaba presente se atrevió a observar: -Pero, padre, ha amenazado usted a esa afma. Y él contestó: -No, fa tengo muy en el cora– zón. Emma dell'Orto subirá donde el P. Pío para la confesión pascual en 1958. Escuchará palabras lacónicas y duras, que la alejan del confesonario. Un joven intercede por ella ante el huraño confesor. Este le contesta: -¿ Tú qué piensas? ¿ Que tengo un corazón de piedra? Lo hice por su bien. Que se vaya y mi bendi– ción fa acompañará siempre. Al P. Tarsicio de Cervinara le hizo esta confidencia: - Yo amo a las almas como amo a Dios. Al mostrarse en apariencia huraño, rudo, duro, era para el P. Pío muy doloroso. Era una actitud que a quien más afectaba era a él. Pero era lo que debía hacer si no quería traicionar su misión. Si negaba la absolución era porgue no admitía que se siguiese en el pecado. Justamente porgue era un médico responsable, se proponía primero echar fuera todo el pus, aunque el penitente tuviese que gritar. Si el penitente no parecía dispuesto, el confesor le despedía, a la espera de que el pus supurase e impulsase de ese modo al penitente y volviese a implorar del confesor-médico la valiente intervención quirúrgica. El rehusar la absolución era decisión de no cooperar al daño 176

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