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blemente atormentado de cara al pecado: la boca abierta, en aquel alargado rostro nazareno, se contorsiona en forma visible. Luego se vuelve tranquilo, sereno . Está siempre, ante los ojos del confesor de Pietrelcina, aquel Cristo llagado, visto y sentido en sus miembros, con aquel gotear de sangre desde la mañana del 20 de septiembre de 1918. Ve en Jesús la víctima de los pecadores. Los pecados le recuerdan la crucifixión y muerte de Jesús. "No toleraba el pecado - atestigua el P. Peregrino de San Elías, que vivió a su lado mucho tiempo- . Muchísimas personas quedaron avergonzadas por sus vehementes reproches, en ocasiones desconcertantes. Pero él se levantaba contra los que, armados con lanza, herí an de aquel modo el costado de Cristo. Y tenía derecho a hacerlo, tanto por el amor inmenso que le tenía un_ido a Cristo, como porque con aquellas invectivas esperaba salvar a aquellos desdichados pecadores". Ante el pecado ---rehusamiento del amor de Dios- el P. Pío encontraba pocas palabras, pero muchísimas lágrimas. Un día, mientras confesaba, le vieron llorar. Le preguntaron el motivo de su llanto, y contestó: - La ingratitud de los hombres al supremo Bienhechor. ¿ Y qué más ha podido hacer Jesús, este pobre Jesús, que no lo haya hecho? En una carta del 10 de septiembre de 1915 al P. Benito y en otra del 10 de octubre de 1915 al P. Agustín, brota del corazón del P. Pío una dolorosa descripción de los pecadores obstinados: "La divina piedad no los ablanda: no se dejan atraer con benefi– cios, ni se dejan domar con castigos. Con palabras suaves se tornan insolentes, con palabras austeras se hacen peores. En la adversidad desesperan, y sordos, ciegos e insensibles a todo lo que pudiera conmoverlos, las mejores amonestaciones, las exhor– taciones, no consiguen sino multiplicar su ceguera y reafirmarlos en su dureza. ¿Puede darse dureza más monstruosa que ésta?" En la misma carta al P. Agustín manifiesta cómo destroza su corazón "el ver tantos pobres pecadores ciegos"; lo repite el 17 de octubre de 1915, llamándolo "duro martirio". "¿ Cómo es posible -escribe el 20 de noviembre de 1921 - ver que Dios se entristece por el mal y no entristecerse al mismo tiempo? ¿Ver a Dios, que está a punto de lanzar sus rayos, y no tener otro medio de detenerle que levantar la mano para sujetar su brazo, volviendo la otra airada contra el hermano, por dos motivos: que arrojen fuera el mal y que se alejen cuanto antes del 175
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