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El P. Pío confiesa con absoluta sinceridad: "La señora dulzura parece ir un poco mejor, pero no estoy todavía satisfecho. Con todo no quiero perder los ánimos. Padre mío, son tantas las promesas que tengo hechas a Jesús y a María... Quiero esta virtud con su ayuda y en pago, además de mantener mis anterio– res promesas, hago la de tomarla como objeto de mis asiduas meditaciones y tema asiduo de mis insinuaciones a las almas. Vea, por tanto... que no me quedo indiferente en la práctica de esta virtud. Ayúdeme con las oraciones suyas y las de otros". Recuerda a San Francisco de Sales, luchador intrépido en la consecución de una dulzura de la que no estaba dotado. La explicación más verdadera - y la más convincente- de ciertas explosiones del confesor de Pietrelcina era el amor. En efecto, lo que irritaba a aquel confesor no es tanto el pecado - del que él mismo se declara con frecuencia conocedor y vícti– ma- cuando el pecado visto con indiferencia y repetido con obstinación. El pecado -no el que nace de la debilidad humana, sino de su malicia- lo mira el P. Pío con una mirada límpida, purificada, más aguda gracias a sus dones extraordinarios. El pecado, situado ante la purísima visión de Dios, le resulta algo monstruoso, tremebundo, inconcebible. Todo ello porque "Dios... está siempre fijo" en la mente y "grabado" en el corazón, sin que le pierda nunca de vista. Por lo mismo su horror al pecado es siempre cuestión de amor. Nuestra flexible acomodación al pecado proviene de nuestro conocimiento de Dios oscuro e intermitente. La visión constante del Dios-pureza, del Dios-santidad, del Dios-amor es lo que hace que el hecho de sentarse para oír confesar pecados le resulta al P. Pío un verdadero tormento. "El pecado - declara el Cardenal Lercaro- pesaba sobre él. El pecado que escuchaba, el que constataba y reprendía, pero para implorar sobre él la misericordia de Dios. Aquel pecado que perdonaba en nombre de Dios, era una herida para su alma. Un sufrimiento interior, que a las veces era tan profundo, que no lo podía resistir y se traducía también en sufrimiento exterior. Y él unía su sufrimiento al de Cristo para que se les perdonase los pecados a los hermanos". El sacerdote don Alejandro, penitente del P. Pío, recuerda su actitud con el confesonario: "Mientras uno acusa sus pecados, se tiene la impresión de que el Padre sufre una nueva pasión, visi- 174

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