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levantarse, encerrado en el confesonario, enfrentándose con pe– cados de toda laya. "Imagínese - intenta explicarse - con toda esta falta de libertad, con todas estas cadenas de poderes espiri– tuales y corporales, qué sentimientos atormentarán a la pobre alma. Créame, padre, que esos desahogos que a veces me he permitido provienen de esta dura prisión, que vamos a llamar dichosa". Ya el 2 de abril de 1917 se describe a sí mismo con "ansias amorosas", con "un no sé qué de inflamación", "con ansias muy ardientes". Y añade: "Sin quererlo, me dominan actos de impa– ciencia. Es una nueva espina que me traspasa el corazón". Si por un .lado lo·que el P. Pío escribe el 14 de junio a su director espiritual, el P. Benito, es deprimente, por otro levanta · el ánimo del lector. En un arranque de humanidad , el P. Pío nos da la pista de su impaciencia: "Me disgusta el que , sin quererlo y sin advertirlo , me sucede alguna vez que levanto un poco la voz cuando tengo que corregir. Reconozco que es una debilidad re– probable, pero ¿qué voy a hacer para poder evitarla si es sin darme cuenta? Con todo, rezo, gimo, me lamento con nuestro Señor por ello, pero no me escucha del todo. Y a pesar de toda la vigilancia que pongo en esto, a veces me toca hacer lo mismo que, por desgracia, aborrezco y quiero evitar. Siga usted enco– mendándome a la divina piedad". El valiente director, que comprende la humana fragilidad, le contestaba inmediatamente después : "No te inquietes por tus exa– bruptos, aunque no debes hacer las paces con ellos. Si el Señor no te concede la gracia de la dulzura perenne y continua, es para dejarte un motivo de humillación. Imponte por penitencia, cada vez que se te vaya el freno, mostrarte luego doble más suave. No hay culpa en los actos inconscientes, sobre todo en los repen– tinos". Acaso en esto encuentre su explicación la dulzura del P. Pío: dulzura que se imponía a sí mismo cada día, conquista voluntaria a un alto precio, más que regalo de la naturaleza o de lo alto. En una carta del 23 de octubre de 1921 , el P. Pío da cuenta a su director espiritual el P. Benito, de su situación en lo tocante a la dulzura. El informe deja traslucir que el remilgado confesor de San Giovanni Rotondo no deja de ser un hombre, con sus debi– lidades. Resulta que la dulzura no es su fuerte. Pero es fuerte su propósito de conquistarla. Aquí está la santidad . 173
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