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este estado de ánimo, su palabra de confesor no tenía nada de lánguida, de tolerante, de acomodaticia. Su palabra, aunque bre– vísima, penetraba hasta lo más íntimo de las almas para sacudir, para arrancar, para desmontar, para desescombrar, a fin de cons– truir el hombre nuevo con una vida nueva. Si quemaba como el más activo detergente, lo hacía para conseguir un cristianismo más exigente. Para señalar sendas difí– ciles, heroicas, hacia la altura. Son conocidas -porque así lo declaraban los mismos peni– tentes- las invectivas del P. Pío: --Desgraciado, que has vendido el alma al diablo. Desgraciado, que te vas al infierno. Desgracia– da, vete a vestirte. Desgraciado, vete a prepararte para recibir el perdón de Dios. ¿No ves lo negro que estás? Vete a ordenar tus cosas, cambia de vida. No era el confesor de medias tintas, de palabras azucaradas. No pactaba con el mal, fuese quien fuese el pecador. Contra el pecado, por ser ofensa del Dios al que amaba, el confesor trona– ba, gritaba con toda el alma, si no con toda la voz. Su inflexibi– lidad y severidad, todo lo que tenían de drásticas, otro tanto traslucían la idea y la pena que el P. Pío sentía por el pecado. Sintetizan su metodología y su sensibilidad de confesor estas palabras: -No doy miel al que necesita un purgante. Reverso de la medalla: cuanto el P. Pío es terrible con los pecadores superficiales, insinceros, hipócritas, tanto es dulce, so– bre manera afable, cuando encuentra sinceridad y firmeza en los propósitos. En esos casos el confesonario, más que un tribunal, se convierte en un diálogo con un amigo, en un encuentro con un padre, con un médico que, como buen samaritano, desinfecta y venda con delicadeza. El confesonario adquiere un aire de clínica para curar almas enfermas, para fortalecer a las débiles, para inmunizar a las que están en peligro. En el P. Pío -si hemos de dar fe a tantos penitentes--- se palpaba la delicadeza, la finura de Dios, tal como la describió Jesús, en el padre del hijo pródigo que vuelve a casa, con el buen pastor que encontró la oveja perdida. El P. Pío "por un lado era duro con quien no estaba conven- · cido y decidido a huir del pecado; por otro lado se mostraba paternal, acogedor, comprensivo. Alentaba a quien ponía toda su buena voluntad por vencer las debilidades y flaquezas humanas, por continuar con resolución por el camino del amor de Dios". 171
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