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sar? ¿Empleaba una pastoral diferencial? ¿Cómo confesaba? Es preferible que dejemos a los penitentes la respuesta. El sacerdote Alejandro Lingua contesta con unos rasgos pre– cisos: "Es un confesor psicólogo. A las primeras de cambio se da cuenta si el penitente lo es en realidad o sólo en apariencia. Con el verdadero penitente es un confesor tan generoso de alivio y ayuda, que se calma cualquier desesperación y se cambia en un fuerte anhelo de aceptar la voluntad de Dios. Es intransigente y duro con el penitente hipócrita y curioso, que se postra a sus pies por probar fortuna. Entonces parece perder el control de sus nervios. Lo despide, como si sintiese náuseas, mientras le asaltan dolores angustiosos... No admite que el que se confiesa ande buscando excusas. Sobre todo grita contra aquéllos que no quieren comprometerse, con ánimo decidido de luchar en el futuro. Decir "esto me resulta imposible", equivale para él a blasfemar de la divina Providencia en el mismo acto en que se pide a Dios ayuda y perdón. Exige promesas firmes. Ay del que se absuelve a sí mismo, diciendo: "no podía resistir... era superior a mis fuerzas ... me vi obligado". Es cuando dice: "El que tiene que absolverte es Dios. Si no te sientes culpable, si te absuelves a ti mismo, vete y no me consumas la paciencia". No quiere excusas. Exige algo muy importante: haber com– prendido que se ha obrado mal. La insistencia con que vuelve sobre lo mismo es algo lleno de novedad y de fortaleza ... Sea la culpa que sea, el Padre quiere que el penitente se dé cuenta de la gravedad del mal cometido, a fin de que, humillado ante Dios y lleno de confianza, pueda exigir a la voluntad toda la energía necesaria para la firmeza del propósito". Don Alejandro continúa: el P. Pío "lo conoce todo y lee en los corazones los secretos más íntimos. Una sorprendente capaci– dad de penetración le hace sopesar de un golpe de vista las virtu– des y debilidades del penitente. Se enfrenta a éste día tras día, tranquilo, como quien no espera nada ni nada pide a nadie. Es alentadora la sonrisa del Padre, pero es demasiado grande la distancia entre el hombre de Dios y el penitente que ve con mayor claridad que nunca sus pecados. Quisiera uno decir mu– chas cosas, pero queda como paralizado. Momentos de paraíso y de sincero dolor por las faltas cometidas... " Es un confesor de "pocas palabras, rápido, parco en las preguntas ... En su fiebre de 169

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