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Pietrelcina. Que Rafaelina dio en el blanco, es lo que ha consta– tado la historia. El P. Pío fue un confesor comprometido. Le compromete el celo por la conversión de las almas. La "mala correspondencia de los hombres y los favores del cielo" le causa "grandes desolaciones espirituales". Y es por éstos por los que se siente movido a hacer todavía más. El 13 de agosto de 1920 escribe: "Quisiera, quisiera hacer algo más por ellos, para que sean agradables al corazón de Dios; pero para ello me siento impotente, como si tuviera recortadas las alas. Es cierto que esto me hace sufrir, pero sufriría más todavía". El 1 de noviembre de 1920 llega a escribir esta confesión, que es como una ráfaga de luz sobre su alma, que pena de continuo: "Jesús comienza a hacerme sentir lo dulce que es vivir y sufrir por los hermanos". A pesar de su generosidad en entregarse al servicio de sus hermanos pecadores, vive siempre con miedo de no ayudarles lo necesario. Es una confidencia hecha a Antonieta Vona, con oca– sión de la felicitación de pascua de 1918, al darse cuenta de que las almas corren a su confesonario cada día en mayor número. Cuenta el sufrimiento de dos espinas que lleva clavadas en el corazón: la primera - espina íntima-, es el recuerdo de su falta de fidelidad, de sus pecados, que han convertido su vida en "una constante ofensa a Dios"; la segunda - espina pastoral- - su inca– pacidad para ser un buen confesor. La carta es del 30 de marzo de 191 8: "Otra espina llevo clavada en la mitad del corazón y me lo va lacerando. Yo no sé si oriento bien a las almas que el Señor me manda. Estas almas son cada vez más numerosas. Para dirigir a algunas tendría necesidad de una luz sobrenatural y no sé si me encuentro suficientemente preparado, y camino a tientas, valién– dome un poco de la doctrina descolorida y fría aprendida en los libros y otro poco , de la luz que me viene del Altísimo. Quién sabe ... si estas pobres almas no tendrán que sufrir por mi culpa. Sólo me consuela saber que no me busco a mí mismo en estas almas y el tener por todas, de modo especial por ciertas almas extraordinarias, buena intención y el recurrir a la luz divina". Sólo le falta terminar con una orden: "También por esta razón te mando que pidas al Señor". El servicio de confesar lo lleva como una carga, al darse cuenta de su insuficiencia: "He sentido pesada la carga del sagra– do ministerio, grande la responsabilidad y el temor de no corres- 167
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