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"Un clavo... que me horada el cerebro" Tuvo suerte nuestro confesor en que el P. Benito, escribiéndo– le con fecha del 13 de noviembre de 1919, le había dado ánimos en su enervante ministerio, contra el cual satanás no cesaba de asestarle sus golpes. El P. Pío vivía atormentado por la duda de no ser digno del amor de Dios, de no vivir siquiera en su gracia. El P. Benito había comprendido aquel "crisol infernal". Pre– cisamente le había iluminado sobre la eficacia apostólica de aquel "vivir muriendo". Le había escrito: "El amor, que es más fuerte que la muerte, y que quiere tu prolongada permanencia sobre el árbol de la cruz, no permite tu muerte a fin de que, de ese vivir muriendo nazca la vida inmortal para ti y para muchos por los cuales agonizas". No usurpamos el papel de novelista si decimos que satanás no mandaba al infierno a aquel fraile encerrado en el confesonario. Eran sus intrigas, sus planes, sus tentaciones, sus incentivos al mal lo que el confesor desenmascaraba y saboteaba sin piedad. Eran sugerencias, frases de aliento, orientaciones, consejos, pro– pósitos, tácticas bélicas, lo que el fraile proponía a los penitentes, en vistas a una guerra contra el mal más decidida y sin cuartel. Al leer las cartas del P. Pío, escritas a sus directores espiritua– les en estos sus primeros años de ministerio como confesor, se dibuja la escena con toda nitidez: el P. Pío dentro del confesona– rio y satanás en torno al confesonario. Uno para reconciliar a los hombres con Dios, otro para alejarlos e impedirles este encuentro pacificador. Un verdadero duelo. Los detalles ambientales son diversos, pero la obra es la mis– ma y los mismos los actores: el encuentro formidable entre el P. Pío y el animador del mal. Se hace realidad, sobre todo en esta actividad pública de las confesiones, todo lo que el joven Francis– co Forgione pudo comprender de la visión tenida la víspera de su entrada en el noviciado. La tortura de sentirse sumergido en la culpa se prolongará mucho tiempo, pronta a descorazonarlo. El mismo P. Pío temía que le impidiese ser confesor. En los designios divinos era el P. Pío, confesor, el que pagaba por adelantado personalmente el perdón y la gracia que llegaría a impartir a sus penitentes. A finales de 1921, en carta del 24 de diciembre, pide al P. Be- 164
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