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peraban hasta diez y quince días, durmiendo en el suelo, en los campos que rodean al convento, y estaban contentos, aunque tuvieran que dejar de lado sus intereses materiales en los meses de junio, julio y agosto, en los cuales... los campesinos tienen que atender a la siega y a la trilla". Para el confesor todo eso significa un trabajo que va en aumento. Por la correspondencia del P. Pío conocemos cómo iba a más su trabajo y la afluencia de la gente. Este confesor, al servicio de todos, escribe a su provincial, el P. Benito, el 3 de junio de 1919: "No dispongo de un minuto libre. Todo el tiempo lo dedico a sacar a mis hermanos de los lazos de satanás. Bendito sea Dios". Habiéndole pedido el P. Be– nito que escribiese a algunas almas necesitadas, y por lo mismo, por caridad, el confesor observa que: "la mayor caridad es la de arrancar a las almas encadenadas por satanás y ganarlas para Cristo. Yesto es lo que hago ininterrumpidamente, de noche y de día... Llegan innumerables personas de toda clase, hombres y mujeres, con el único fin de confesarse y sólo por esto me buscan. Hay conversiones estupendas". El P. Pío no da abasto a aquella afluencia de gente. Pide refuerzos , con el envío de otros confesores . Suplica al P. Agustín, en carta del 14 de junio de 1919, que influya en el provincial a fin de que "mande muchos trabajadores a la viña del Señor, porque es una verdadera crueldad y una tiranía despedir a centenares y millares de almas al día, que vienen de lugares lejanos con el único fin de quedar limpios de sus pecados, sin haberlo podido conseguir por falta de confesores". En el mismo año de 1919, escribe a su maestro Angel Cáccavo: "Estoy sobrecargado de trabajo, porque confieso todo el día y con frecuencia de noche, a centenares y millares de personas. No dispongo de un instante para mí, pero Dios me ayuda eficazmente en mi ministerio". El 16 de noviembre de 1919, escribiendo al P. Benito, se pre– senta como "hundido sobremanera en el espíritu y en el cuerpo". Y añade: "Si continúo a este ritmo .. . moriré sin remedio. No me encuentro con fuerzas. La amargura que siento en el alma es extrema. Estoy herido de muerte. Estoy solo, luchando de día y de noche, sin un momento de tregua". Da cuenta del trabajo que le absorbe, bien que la estación invernal hace que sea menor: "La concurrencia ha disminuido, pero tenga usted en cuenta que estoy 162

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