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y se santificó. La historia de su misión puede leerse en su confe– sonario, sin reja o con ella. Con frecuencia eran quince horas de trabajo diario, casi inin– terrumpido. Así lo constatan los médicos. Bignami y Romanelli. A veces dieciséis, diecisiete y dieciocho horas, como precisan los mismos, sus hermanos de religión, el doctor Festa. Ya antes de tener las llagas, "un número reducido de personas, de todas las clases sociales, se habían acercado a él... atraídas por la fascinación de su palabra". Después de los estigmas del 20 de septiembre de 1918, el camino que lleva al convento se convierte en un hormiguero. Lo recorren hombres de toda edad y condición, que llegan de cerca o de lejos. Suben allí atraídos por la necesidad del perdón o de mayor gracia, impresionados por un sacerdote que muestra en su rostro tanta bondad, y a veces dureza, que tiene llagados los pies, las manos y el costado. Sí, lo que más influía en las gentes, cuando les hablaba de la misericordia de Dios o cuando les pre– paraba para recibir la gracia, eran los estigmas del confesor. Estas llagas hablaban de sufrimientos: de los de Cristo Redentor y de los del P. Pío, colaborador en la obra salvadora. Con el transcurso de los meses, aquel hormigueo se transfor– ma en riada. Suben en grupos, en tropeles. De todo el mundo. En aquellos años -exactamente el 8 de diciembre de 1923- hablan– do con la privilegiada Lucía Fiorentino, le manifestó el Señor lo siguiente acerca del P. Pío como confesor: "Soy yo quien obro en esa alma, en él he encontrado todas las disposiciones y bajé hasta él. No podía esperar más. Hasta tal punto está el mundo corrom– pido. He hecho el último esfuerzo por salvarlo, y por medio de un siervo mío, que me es fiel, llamo desde todos los extremos de la tierra a las almas". Son multitudes. Para organizar la afluencia a su confesonario, hubo que poner un despacho en el que es necesario inscribirse y recoger una papeleta, con el número correspondiente. Todos han de atenerse a su turno, esperar a que le llamen por su apellido, sean italianos o extranjeros, sacerdotes o simples fieles, personas de categoría o gente anónima, religiosas o amas de casa. Ninguno tiene prefe– rencia. A veces, dado el número enorme de penitentes, además del encargado, el P. Plácido de San Marcos en Lamis, tiene que · intervenir la policía para que todo proceda ordenadamente. Los hombres -recuerda el P. Paulina de Casacalenda- "es- 161
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