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Todo el mundo del P. Pío fue éste: el confesonario. Vivió encerrado en unos metros cuadrados, dentro de las tablas del confesonario , que limitaban su actividad y que lo ocultaban de los hombres. Pareció vivir - permítaseme la comparación– como un molusco dentro de su concha. Salía sólo para comer, para respirar un poco el aire del huerto del convento y para dormir. Se permitía todo esto porque le ayudaba a volver a su agujero del confesonario y proseguir el ministerio de la confe– sión. Aunque el mundo, con el progreso de la ciencia y de la técnica, intensificará y hará más rápidos sus desplazamientos en la tierra, en el mar, en el aire, el confesor de San Giovanni Rotondo seguirá allí, en la estrechez de su confesonario, con el fin de realizar la "grandísima misión". Serán los hombres, venidos de toda Italia y de todo el mundo, los que acudirán a él. El pueblo de San Giovanni Rotondo era pequeño, aislado, perdido en la olvidada región de la Pulla. Dentro del pueblo, el convento vivía más aislado, en las afueras, en la pendiente pedre– gosa del Gargano, rodeado de silencio y de soledad. Desde 1916, desde la llegada del P. Pío, aquella soledad comenzó a animarse, el desierto empezó a tener vida. Después de la estigmatización, y en contraste con el árido y quemado ambiente ecológico, estalló una admirable vegetación espiritual. El Gargano se transformó en "la montaña santa". Todo fue debido a aquel sacerdote de las llagas, metido dentro de un confesonario. Para las mujeres, el confesonario se encontraba en el lado izquierdo de la iglesita de Santa María de las Gracias. Las con– fesaba por la mañana, de nueve y media a once y media. Para los hombres, el confesonario consistía en un reclinatorio y una silla, en una esquina de la próxima sacristía, oculto por un telón. Horario: en los primeros años, de cinco y media a once y media, hora en que, para verse libre del asedio de confesiones, se preparaba para la misa. Más adelante, celebraba la misa antes de amanecer y a continuación confesaba hasta las nueve y media. La tarde era para todos. Entre sacristía e iglesia vivió el P. Pío los años más fecundos de su vida, entremezclados misericordia y justicia, pecado y gra– cia, los hombres y Dios. En ese ir y venir diario de los hombres a las mujeres y de las mujeres a los hombres, el P. Pío santificó 160

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