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8 EN ELCONFESONARIO El desierto que bulle El nombre del capuchino estigmatizado no iba precedido de ningún ·título pomposo, de ninguna cualidad profesional sobresa– liente. El nombre que le impusieron en el momento de vestir el hábito capuchino iba precedido de la aposición "padre". Eso es todo. Resumía su ser e indicaba su obrar. Un simple sacerdote, sin más títulos, sin cargos dentro de la Orden - si exceptuamos el de director del seminario, que se le confió durante la Primera Guerra por escasez de sacerdotes-, el P. Pío llegó a ser realmente el padre de todos. Desde los meses que vivió en el convento de Santa Ana, en Foggia, la gente comenzó a preguntar por "el padre que confiesa", "el confesor". En San Giovanni Rotondo, durante cincuenta y dos años - 1916-1968- fue "el confesor", de la mañana a la noche. Hu– manamente extraño. Aquel sacerdote al que su provincial, el P. Benito, no quería autorizar para oír confesiones, se convierte en "el confesor", "el apóstol del confesonario", "el mártir del confesonario". El P. Benito no accedía a las insistentes demandas del P. Pío, que le pedía las licencias para confesar. (Suman die– ciocho las cartas que escribió con este fin, de abril de I9I 1a abril de 1913). Los motivos aducidos eran los siguientes: daño para su salud, pérdida de la paz del alma, dudas acerca de la capacidad científica y del conocimiento suficiente de la moral, por no haber seguido con regularidad los estudios por causa de la salud. El sufrimiento por esta negativa fue un prólogo doloroso, penoso, para su misión de confesor. 159
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