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la misión de reproducir en un simple mortal la pasión de Cristo, en cuanto esto es posible. Los hombres han podido pensar que aquellas señales que el P. Pío llevaba en sus manos, pies y costa– do, no eran, de suyo, pruebas suficientes. No sé si tendrían razón o no. Dios ha colmado su vida de sucesos extraordinarios... La Iglesia los juzgará. Son hechos que las gentes han considerado motivos para creer". El cardenal Conrado Ursi repite las mismas ideas, recordando hechos difícilmente controvertibles. "Los milagros, la bilocación, el discernimiento de espíritus y las profecías... ¿qué podían signi– ficar? ... Si él ha realizado estas cosas admirables como instru– mento del Amor Infinito, es porque se trata de medios providen– ciales para acreditar el ministerio de la reconciliación con Dios. Sufrió hasta inmolarse para atraer a muchos, a muchos peca– dores". Esta es la razón de tantos carismas: el provecho de los hom– bres, para salvarlos y santificarlos. El Card. Lercaro lo define como "tesoro de iluminación, de conversión, de aliento para el bien, de decisión, de esperanza... en el mundo misterioso de las almas", "medio de reclamo para los hombres, con frecuencia distraídos o miopes cuando se trata de dirigir su mirada y aten– ción y veneración al empeño esencial del cristiano". Hacia los treinta años - como el Señor- el capuchino de Pietrelcina da comienzo a su vida pública. Para una amplia y eficaz atracción de los hombres, Dios le adornó con los estigmas y le concedió otros carismas. Le facilitó la misión de colaborar en la redención, de hombre enviado para la restauración, que, ya desde un principio, se mostró "muy grande" y dolorosa. El P. Pío repitió y continuó la misión de Cristo, para conducir a los hom– bres hasta el Padre que está en los cielos. A su llamada - como a la de su Hijo y a la de los apóstoles- Dios le confirió poderes sorprendentes, para que el mundo creyese que El le había en– viado. Habiéndose aparecido en sueños a la señora D'Indico de Flo– rencia, en julio de 1921, para curarla del tifus, el P. Pío rechazó el calificativo de "santo" y se definió en conformidad con la opinión que tenía de sí mismo: -Soy una criatura de la que el Señor se vale para sus misericordias. 158
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