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cristiana, deseoso de contar a todos aquella aventura que tan felizmente había terminado, la historia de su conversión. Entre los que l<; oyeron -primero aburrido, luego interesado y al fin conmovido- estaba el escultor Francisco Messina. También éste se decidió a cambiar el rumbo de su vida. Se fue con el doctor Saltamerenda a San Giovanni Rotondo, donde tuvieron un en– cuentro con el P. Pío el 11 de abril de 1949. En un escrito, el profesor Messina cuenta a los hombres y canta a Dios la alegría de su cambio personal. Entre otras cosas, escribe: "Te has valido de tu predilecto de San Giovanni Rotondo para volver a darme un padre, frente al cual mi conciencia recobra por fin su esperanza... , un padre que desde Ti me ilumina, un padre que me enseña a caminar porque, oh Señor, yo nací el 11 de abril de 1949". He aquí otro episodio que ocurrió públicamente, fuera de las -~uatro tablas de un confesonario. Después de haber tenido discusiones movidas y que no lleva– .ban a ninguna parte, por fin el abogado César Festa, empleado en Génova, director del diario "Jl Caffaro ", que se alistó volun– tario en la primera guerra mundial llegando a ganar una medalla de oro, muy conocido del rey Víctor Manuel y de Benito Musso– lini, se decidió a ir a ver con sus propios ojos a aquel fraile del que su primo el doctor Festa le había hablado tantas veces. Un día de marzo de 1921 salió de Génova. Ha llegado al convento de Santa María de las Gracias. Encuentra a algunos capuchinos a los que pide que le presenten al P. Pío. Este, que se . encuentra presente, da un paso adelante y, antes de que el aboga– do Festa tenga tiempo para hacer su propia presentación, se siente definido como lo que es: - Usted es un masón. El abogado Festa es noble: Sí, padre. El diálogo prosigue entre el fraile y el masón declarado: -¿ Y cuál es su misión dentro de la masonería? -El de combatir a la Iglesia desde el punto de vista político. El doctor Jorge Festa -informado en todo detalle por su primo- escribe: "Hubo un momento de silencio, después del cual el piadoso sacerdote, más dócil que un cordero, le tomó la mano, le miró largamente a los ojos con una mirada de infinita piedad y de ternura; después, llevándole consigo, comenzó a con– tar la parábola del hijo pródigo, poniendo bajo una luz tan clara 156
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