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indigno ministro estar a tu lado en una de estas noches anteriores. Todo lo permitió El para aliviarte, para levantarte el ánimo, para animarte ante la durísima prueba". Una noche de noviembre de 1917, después de la derrota de Caporetto, el general Luis Cardona, comandante supremo del ejército italiano en la primera guerra mundial, en un momento de desaliento por haber sido relevado en el mando supremo por el general Armando Díaz, y por ver que se atacaba su labor como militar con comentarios indecentes, vio delante de sí un fraile , en una ciudad del Véneto. Le había precedido un fuerte olor de rosas y violetas. Tenía las manos sangrando y su mirada era dulce. Le exhortó a estar tranquilo. Le convenció para que dejase la pistola y no llevase a cabo un gesto insensato de hombre desesperado. El general, que nunca había visto al P. Pío, cuando refería los detalles de lo ocurrido, oyó decir que aquel fraile, presente en su despacho, no podía ser otro que el estigmatizado de San Giovanni Rotondo. Tuvo deseos de verle. En 1920 se fue a la ciudad de la Pulla. Nadie tenía noticia de esta visita. Por eso quedó maravilla– do cuando, al llegar con la di'!igencia al pueblo del Gargano, oyó decir a dos capuchinos que le esperaba el P. Pío. El general reconoció inmediatamente.al fraile: Es éste el fraile que estuvo conmigo. El Padre se dio a conocer al recordarle: Mi general, las pasa– mos negras aquella noche... En Roma, Via del Tritone 53, en el apartamento de la condesa Virginia Salviucci, viuda de Sili, se iba a inaugurar la capilla. Una monja, que llevaba en sus manos una reliquia de la santa cruz, dentro de un estuche, se presentó a la condesa, que dialoga– ba con dos Cardenales, Pedro Gasparri, su primo, y Augusto Sili, su cuñado. Esa monja refirió que, durante la noche, el P. Pío "en carne y hueso" había entrado en su celda y le había entregado aquel estuche con orden de llevarlo, a la mañana siguiente, a la condesa Sili. La realidad del estuche era prueba de que. no se trataba de un sueño. Días más tarde, la condesa partió para San Giovanni Rotondo con el fin de cerciorarse de lo sucedido. El P. Pío le aseguró que la reliquia la había enviado él, entregándosela personalmente a aquella religiosa de Roma. 153
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