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dente". "¡Qué tontería!, -comentó en otra página de prensa- el número de curas felices es infinitamente mayor de lo que la gente se imagina, y que si no todos lo gritan en sus púlpitos y periódicos es por sentido común... , o porque resultaría bastante rarito que los curas caminaran por las calles con un rótulo que pregonara: ¡SOY FE– LIZ!". Son muchos, somos muchos, los sacerdotes felices, contentos de serlo, alegres en nuestro trabajo, entregados al servicio de Dios. Aún más, empeñados en devolver al mundo, contra corriente de desesperanzas, un poco de alegría y de paz. ¡Sólo faltaba! Un cura feliz no es "una rara avis". Lo que sucede es que la mayoría lleva dentro de sí la felicidad de su vocación con tal naturalidad que cree innecesario proclamarla. Puede ser, sin embargo, que la sorpresa que la gente ha manifestado ante la afirmación del sacerdote y perio– dista Martín Descalzo: "Me siento feliz con mi sacerdo– cio", nos dé una pista a todos los sacerdotes. Y es esta: que tenemos que aparecer con un carácter más optimista, con una felicidad humana que sea reflejo de una espiri– tualidad, al estilo del cura de Ars. Y esta felicidad trans– parentarla en gestos y palabras con más frecuencia. Opi– no qu~ a este obsequio de lo que somos, tiene derecho la gente. ¿Que se nos ve, a veces, demasiado la humanidad? Pues el sacerdocio es un sacramento y una vocación mon– tada sobre la realidad de una persona que no puede.vivir siempre en tensión. La misma humanidad del sacerdote hace más estimable su ministerio. El cura metido en la en– traña del pueblo, habla, opina, se relaciona, enferma, se alegra,· ora... , es decir, convive con los demás... Y forzo– samente, como todos los hombres, expone también sus debilidades y cansancios a las miradas y a las críticas. Que el mundo vea que vivimos con sinceridad nuestra voca– ción y que la amamos gozosamente. 194
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