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Ha de tener una función ambiental: ser signo del tes– timonio cristiano de la familia. La imagen no está ahí porque sí; porque cae bien, porque llena la pared, sino porque testimonia algo de lo que la vida de sus habitantes profesan. Ha de tener una función educacional: a través de su visión y la explicación de lo que la imagen representa, el niño se inicia en uná visión religiosa de la vida. Claro está que nada de esto ocurre, si después no se vive como se aparenta creer por esos signos externos. Las imágenes religiosas, no pasarán entonces de denotar un buen o mal gusto estético. En la casa como en las iglesias hay que evitar, en principio, la proliferación de imágenes, y tener en cuenta, sobre todo, la calidad y el buen gusto en la colocación. Nadie sitúa en su casa en sitio preferente una desastrosa fotografía familiar. De la misma forma, el Concilio Vati– cano II al hablar de las imágenes recuerda que "están des– tinadas al culto católico, a la edificación de los fieles y a una instrucción religiosa". Es decir, que han de llevar en sí una fuerza pedagógica importante. Aparte del crucifijo, que suele colocarse en el dormi– torio y que ha de ser no muy grande y de aspecto sereno, que no aterre, la Santa Cena en el comedor, además de presidir el acto importante de la comida que es uno de los momentos íntimos familiares, puede figurar como un adorno de elegancia, teniendo en cuenta esa dualidad, decorativa-religiosa. Lo más aconsejable para el despa– cho es un pequeño crucifijo, que después puede llevarse en el bolsillo o colocarse sobre la mesilla de noche o en el automóvil. .. Es decir, algo muy ligado y muy íntimo a la persona. 191
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