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hombre y cada ser es un reflejo, una semejanza de Dios, una resonancia armoniosa de algo divino. Nada hay opuesto entre el orden natural y el sobrenatural. No son dos realidades contradictorias, ni opuestas, sin,o integran– tes y convergentes por una fuerza: el amor. El hombre creyente vive y actúa en una realidad que respira amor, aquel amor de generosidad con que Dios creó todo, y subyace en cada ser. Dios al crear el mundo actuó de forma gratuita, en una especie de juego dadivo– so y magnánimo y llenó a todos los seres de embelleci– miento y de signos de alegría, una alegría interna: todo ser es uno, bueno y verdadero. Y a cada ser le ríe el amor con que fue creado. Es por eso por lo que los santos y los que tienen el oído religiosamente atento, escuchan en el universo la risa y el optimismo de Dios ... "Y vio Dios que todo lo que había creado era bueno". El universo se mueve en la armonía de un juego ad– mirable, donde cada cosa, el hombre también, ejerce su compás, su ritmo. Da su nota. Constitutivamente el hombre es un ser alegre. Dios lo es. Y el hombre fue creado a su imagen. Sólo el dolor, la contingencia, o la desesperación pueden quitarle la es– pontaneidad de manifestarse como es. Lo connatural en el hombre es la canción, la fiesta, la esperanza, la actitud lúdica. No creo exagerar si afirmo que no hay forma me– jor de expresar la misma religión que a través del canto. En contra de cualquier otra filosofía el hombre se consti– tuye más por la espontaneidad que por la eficacia y el ren– dimiento utilitario. Los ángeles cantaron en el retablo de la Navidad. Y una de las más entusiastas páginas del Evangelio describe la actitud jovial y regocijante de la Virgen María entonan– do en la casa de su prima Isabel el canto del "Magnifi– cat ". Desde entonces la liturgia de la Iglesia se ha llenado 177
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