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Cuando en un pueblo civilizado se desborda la inmo– ralidad, no tardan en presentarse los bárbaros. « Son muchos y muchas - se decía allí -- los que no quieren hacernos caso, y tratan de acallar la propia con– ciencia tomando como exageraciones las tremendas verda– des que desde «Avanzadilla» no nos cansamos de vocear... Está bien. Ya llegará la hora de la Justicia. Nunca falta algún fiero conductor de hordas encargado de ejecutar las grandes purificaciones que necesitan los pueblos. Los bárbaros pueden llegar de fuera, o pueden ir forjándose dentro; lo mismo da. Para ejecutar la justicia de Dios sobre los pueblos y los grupos prevaricadores, sirven igual las extranjeras hordas de un Atila que las turbas de «Sans– culottes» puestos a levantar la guillotina en el centro de la nación». En breve recorrido histórico se demostraban tales afir– maciones, y se concluía con la expresión de una gran in– quietud ante el panorama de las costumbres públicas en España: « Los pecados públicos se pagan con tragedias colecti– vas. Nosotros no tememos a los bárbaros por lo que se refiere a nuestro destino personal, pues servimos a un Se– ñor «cuyo reino no tendrá fin», y que además nos advir– tió: «No hayáis miedo de quienes sólo pueden matar el cuerpo»; pero sí los temernos por lo que se refiere a mu– chas otras cosas entrañablemente queridas... los tememos por esta España nuestra, cuyos peores enemigos son los fomentadores y consentidores de la inmoralidad». III Como ya queda señalado, Carmen del Río era una muchacha de verdad interesante, en lo físico y en lo espi– ritual. Era el tipo de la chica segura de sí misma, pero hondamente amargada por muchas cosas..., mujer falta de fe, y rebelde contra todo. La falta de fe constituía su peor tragedia. Con sus diecinueve años bien floridos, ella se preguntaba reiteradamente si valía la pena seguir vi– viendo, pues no veía qué objeto pudiese tener la existen- 406
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