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-181 - te, si el misionero es incapa(de imponer su propia doc– trina, su ministerio será necesariamente defectuoso. Añádase a esto el que, cuanto más instruido aparezca, tanto mayor será la estimación de que goce ante el pueblo, que por rudo que sea, nunca deja de apreciar y valorar el saber de los que le hablan. Y sería por lo de– más cosa vergonzosa el que un apóstol. de la verdad se dejase vencer en esto por los ministros del error. Es ne– cesario pues, que aquellos, que se sienten llamados al apostolado estén instruidos en todo aquello que al apos– tolado concierne... Ahora bien, la primera de las cosas que necesita el misionero es el conocimiento de la len– gua de los pueblos, que debe evangelizar. Y no debe contentarse con un ligero y defectuoso aprendizaje, si– no que debe llegar a poseer la lengua de tal modo, que pueda hablar correctamente y sin faltas, pues si es «deudor» de todos, de los doctos y de los indoctos, no debe ignorar nada de lo que ayuda a hablar bien, para atraerse y ganarlos a todos. Y no deje a otros el cuidado de la predicación y explicación de la doctrina cristiana, porque no es precisamente a los catequistas a los que incumbe la obligación de predicar el Evan– gelio, sino a él, que ha sido llamado especialmente para eso. A él también, como propagador e intérprete que es de nuestra santa Religión, ie ha de tocar alguna vez presentarse ante las autoridades y principales ciu– dadanos del pueblo y verse invitado a las asambleas de los doctos, y ¿cómo podrá en esos casos salvar la pro– pia dignidad si, a causa de la ignorancia de la lengua, se siente incapaz de hablar con corrección?» Hasta aquí el documento pontificio. Sabemos que
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