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-178- mejor quedarse en casa con la gramática en la mano, aburriendo a preguntas a criados, cocineros, porteros y a cuantos se ponen a su alcance, haciéndose a veces tan inoportunos y cargosos, que todos huyen de ellos apenas los ven asomar par algun lado. En cuanto a mí puedo decir que en el estudio del chino me dió un gran resultado rodearme de ni– ños, enseñarles figuras de cosas, animales, plantas, pai– sajes y sorprender en sus bocas los gritos de admiración, los nombres de los diferentes objetos que ponía ante sus ojos, el modo de preguntar y responder. Yo les hablaba y ellos entre risas infantiles me corregían y en– señaban cómo debía decir las cosas. Los niños no se cansan nunca de admirar, y siempre tienen en su boca algo qué decir, y uno encuentra en ellos buenos maes– tros que nada cuestan y de los cuales se aprende en po– co tiempo y con seguridad las frases más comunes y ordinarias, con las cuales se puede ya salir al público y perfeccionarse poco a poco en el trato con personas ma– yores sin te'tlor a excitar demasiado su hilaridad. Lo más necesario en todas las lenguas y en lo que el joven misionero ha de poner un cuidado muy especial es el adquirir desde el principio una buena pronunciación no perdonando tiempo ni fatiga por conseguirlo y si fue– re necesario hasta contratando para ello un buen maes– tro. Ha habido misioneros, que por haberse descuidado en este punto, no han llegado nunca a poder hablar con corrección, ni recogieron de su ministerio todo el fruto que debieran haber recogido. La experiencia demues– tra que es casi imposible corregir una pronlmciación viciada desde el principio. Cierto, que este ejercicio es

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