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-174- militar con dignidad bajo las banderas de este glorioso y valiente capitán, imita su lealtad, su celo, su valor. En todo encuentro difícil con tu enemigo, en todo ata– que peligroso repite, como él, si cesar: «¿Quien como Dios?» y si no puedes llegar a destruir todos los tronos que Satanás ha levantado en el mundo, ni a limpiar la tierra de este espíritu de las tinieblas, no dejes por eso de hacerle contínua guerra en tí mismo y en las supers– ticiones y costumbres de los pueblos, que evangelizas. Toda alma, que arranques de este usurpador, entra inmediatamente a reforzar el ejército de los predestina– do que forman las huestes del Santo Arcángel. Pídele que te haga un adversario terrible de Satanás y que te conceda hacer verdaderos estragos, como David, en los enemigos de Dios. Así tendrás su gracia y su protec– ción aquí en la tierra, y en el cielo conseguirás, como él, un trono distinguido. Aparte de esto, cada uno de nosotros tiene desde la infancia sus protectores especiales, y debemos hon– rarlos, rogarles y celebrar con más o menos solemni– dad sus fiestas. También el misionero desde que llega a la misión adquiere nuevas y ventajosas amistades pa– ra sí mismo y para su ministerio. Me refiero a los San– tos y Beatos, que trabajaron antes que él, en el mismo campo que él trabaja; que recorrieron los mismos luga– res; navegaron por los mismos ríos, habitaron los mis– mos lugares y supíeron santificarse con los mismos me– dios que él se ve obligado a emplear. Leer sus vidas, si existen; escribirlas cuando no existen; escuchar de la boca de los ancianos y mayores sus hazañas, sus palabras, sus buenos ejemplos, ese de-

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