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-169~ nos forjamos y mucho menos podrá defendernos, cuan– do tristes y abatidos,.nos vemos tentados de repetir con el apóstol, que hasta la vida nos causa tedio. El misionero se parece muchas veces a esas rocas perdidas en medio del Océano. Sólo, olvidado, abandonado de todos y ¡ con cuántas y qué amargas tempestades está escrita la historia de su pobre corazón! Es un error el creer que la gracia de estado hace al misionero más insensible al dolor. El mero hecho de ser misionero supone, que se ha tenido siempre un corazón más delicado que el común de los hombres; y esa sensibilidad se agudiza todavía más al contacto de las pruebas que sufren de ordinario todas las vocaciones y a la vista de tantas miserias como ha ido encontrando a lo largo de todos sus , 1 iajes y en los pueblos que ha tenido que evangelizar. El misionero, como San Pablo en Atenas, siente que el corazón se le despedaza ante tantas ciudades, tantos pueblos y tantas gentes escla– vos del demonio, sin que pueda hacer nada o casi nada por ellos. Grita y no le escuchan, amenaza y no le te– men y no tiene más remedio, que acogerse a la oración continua, confiada, fervorosa, para protejerse contra las oleadas terribles del decaimiento y la desesperación. ¡Feliz el misionero, que en los momentos críticos de dolor corre a la capilla o a la soledad de su cuarto y busca en la oración la calma, la resignación, que otros irán a pedir inútilmente a las diversiones y distraccio– nes del mundo y de los hombres! Sólo la paz que en Dios se encuentra tiene bases sólidas y seguras y sólo ella es la que dignifica al misionero.
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