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-163- constituye al apóstol es el celo de la gloria de Dios y ta salvación de las almas. ¡El celo! Esa es la fuerza misteriosa que lo sostie– ne, lo empuja, lo agita, Jo hace proteiforme y le da un corazón grande y una voluntad fuerte y tenaz. Un ver– dadero apóstol no quiere fronteras, ni conoce obstá– culos. Un plato de arroz para comer y una tabla para descansar Je bastan; no tiene más exigencias su cuerpo: pero ni cien, ni mil catecúmenos lo tienen satisfecho, porque en cuestión de almas es su lema: «¡más, siem– pre más!.» Y este santo descontento es lo que le ator– menta de día y de noche y hasta lo pone a veces de mal humor. Quisiera correr, avanzar, destruir de un solo golpe la heregía, el paganismo y sin embargo se ve obligado a pesar de tod~s sus esfuerzos a caminar lentamente, a luchar y vencer poco a poco. Necesitaría más ayuda, más catequistas y no los tiene por que no hay con qué retribuirlos y es entonces cuando el pobre misionero se decide a extender al mundo civilizado su mano supli– cante pidiendo una y otra vez oraciones y limosnas. Estas dos cosas el misionero las pedirá siempre hasta la muerte, porque con la oración son almas lo que pide y con la limosna son almas lo que le dan. A muchos les fastidia el misionero que pide, sobre todo si pide con insistencia; pero no deben olvidarse esos tales, que en esta ocasión el que pide trabaja y el que mucho pide mucho trabaja, pues nadie ignora ·que el misionero no pide para sí, para olvidar su propia po– breza, ni mucho menos para crearse una situación de– sahogada; pero aun en el caso que pidiera algo para su

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