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-162- iras de la Sinagoga, vive a veces el que en el sílencio de su cuarto prepara tranquilamente su plática domini– cal para_ predicarla ante et pequeño auditorio de sus cristianos. Hasta se encuentra alguno que otro que se esfuerza por conservar en la misión, consiguiéndolo en parte, el silencio, el retiro, el recogimiento del claustro. Por otra parte, hay tiempos en los que aun los mi– sioneros más batalladores se ven obligados a deponer sus armas de combate y vestir el traje de cuartel, como son los meses de los grandes calores, de las lluvias to– rrenciales, de los intensos trabajos de las cosechas, du– rante los cuales no tienen más remedio que permanecer tranquilos, en su casa. Las mismas visitas periódicas que hace a sus cristiandades las realiza el misionero sin rui– do, pasando de misión en misión, de tribu en tribu, unas veces esperado con ansia, acogido otras con friai– dad. Y en estas ocasiones, si es muy útil una buena dosis de energía, es sin embargo preferible la pacien– cia, la calma y más que todo una gran fuerza de resig– nación y caridad. No obstante el programa del misionero es muy va– riado, y, a condición de que no falte nunca el celo, hay en él lugar para todo. San Pablo y Santiago, por ejem– plo, no habían recibido la misma educación y la calma del uno contrasta grandemente con la inmensa activi– dad del otro. Sin embargo los dos fueron Apóstoles de Jesucristo y tan necesarios el uno como el otro para fundar y regir Iglesias de caracter tan distinto como lo fueron las de Roma y Jerusalem. 4. 0 Lo que constituye al apóstol es el celo.– Mas por encima de todo esto lo que verdaderamente
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