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-161 - pensa, la casa, a fin de que todo esté en orden; recibe las visitas de los grandes y e&trecha contra su pecho de padre al último de sus cristianos; compra y contrata tierras, animales, como el más acaudalado de los bur– gueses y al mismo tiempo da a los pobres hasta la úl– tima pieza de sus ropas; lleva consigo la máquina foto– gráfica con sus papeles, cubetas y reactivos, mientras va llenando los caminos por donde pasa con sus jacula– torias y Ave-Marías; predica la paz, el perdón, la re– signación con los que nos hacen mal y cuando lo juzga necesario sabe levantarse como un león para defender y alejar de su rebaño las manadas de lobos que preten– den destrozarlo. Tal es el programa, que podríamos llamar máximo, del misionero católico; pero... 3. 0 Para ser misionero no se necesita estar siempre en movimiento ni hacer mucho ruido.-En efecto, suele suceder a veces, que al lado del misione– ro, cuyo corazón es un volcán en actividad, existe el misionero lleno de calma, pacífico y fácil de contentar, para el cual todo está bien. Si hay misioneros inquie– tos, errantes, que cambian contínuamente sus tiendas de un lugar a otro, buscando siempre nuevas aventu– ras, hay también misioneros, sobre todo los de las cris– tiandades ya formadas, cuya vida no se diferencia mu– cho de la de nuestros párrocos y curas de pueblo. Y junto al misionero, que, como San Pao1o, afronta las 11
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