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,- 156- ¡Oh! Las grandes catedrales góticas las harán tal vez los que nos sucedan; nuestras hermosas imágenes de la Virgen y los Santos las dejaremos para nuestros templos o museos de Europa y nosotros nos contenta– remos con ver la más hermosa de todas en el Paraiso. Nuestras ciudades, nuestras músicas, nuestros seres queridos... ¡Oh! bien vale la pena de abandonarlo todo por aquel que nos ha hecho Apóstoles y que nos sos– tiene con sus grandes e infalibles promesas. Y entre tanto continuaremos orando en nuestra pequeña capilla de paja y barro, allí donde rogaron tantos apóstoles que nos precedieron y donde también se gusta la dulzura de la oración, cuando se sabe poseer la devoción del espíritu. En lugar de nuestros grandes conventos, de nuestras confortables casas parroquiales y de nuestros cómodos Seminarios, habitaremos contentos la humilde casita, hermosa y simpática, como palacio de reyes, cuando se tiene paz en el corazón. Tal será et año de aprendizaje, que si al principio nos parecía había de ser eterno, pasará con la veloci– dad del relámpago dejándonos en el alma un recuerdo imperecedero. Ningún otro afio, ni aún el más fecundo de tu vida apostólica, será tan bello, ni de tan dulces recuerdos como este que transcurre, silencioso y tran– quilo como las aguas de un río, en la quietud de una dulce soledad y en la santa compafíía de Jesús. Esto, al menos, es lo que te desea el viejo mi– sionero.
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