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-155 - ciencia y de corazón, y sobre todo con la conformidad a la voluntad de Dios. Un misionero, que sabe moverse y trabajar sin pre– tensiones ni ideales imposibles encuentra fácilmente el medio de llenar el vacío más o menos grande que en el momento de partir produjo la separación de las perso– nas, cosas y lugares que le vieron nacer. Y así, cuando parecía que todo nos iba a faltar, nos encontramos hoy con un alimento que nos gusta, mañana con una perso– na que nos aprecia y a la que juzgamos digna de toda nuestra confianza; una vez empieza a gustarnos aquel camino, aquel monte, aquel arbolado que antes nos pa– recían indiferentes y hasta antipáticos, y luego vemos con sorpresa que nos interesan y nos atraen la lengua, la vida, las costumbres, la historia, las tradiciones de los pueblos entre los cuales vivimos, y al poco tiempo casi sin darnos cuenta, nos encontramos entregados en alma y cuerpo al campo de nuestro apostolado. Cierto que todavía no existen en aquellas tierras nuestras hermosas iglesias, nuestras majestuosas so– lemnidades, nuestras venerables imágenes, nuestros cantos solemnes-, nuestras ciudades pletóricas de pro– greso y civilización; cierto que allí no tenemos a nues– tros padres, parientes, hermanos y amigos, pero las nuevas costumbres y las nuevas preocupaciones y los nuevos afectos ocuparán bien pronto su lugar, y ya no .sentirás con tanta fuerza su ausencia sino en muy raras ocasiones. Y aún estos pensamientos dolorosos, que de vez en cuando vienen a turbar la calma del misionero ,católico en su casita de desterrado voluntario, te ser– virán para alimentar ta lámpara de tu esperanza.
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