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- 152- ría mucho el ardor de su celo primitivo. El aislamiento en que necesariamente se encuentra, junto con esas lectu– ras perniciosas bastan para arruinar espiritualmente a un sacerdote misionero y conducirlo a la defección; y el pre– texto de que ya se tiene suficiente edad para leerlo to– do impunemente sería el más peligroso de los pretextos. Un verdadero misionero sabe rodearse de buenos amigos, que lo distraen, lo iluminan, lo consuelan y sostienen en su forzado aislamiento; sabe formarse una pequeña biblioteca de libros conformes con su vocación y sus inclinaciones, y aunque se ve lejos de sus herma· nos y de los grandes centros de civilización, sabe sin embargo mantenerse en relación con los mejores indi– viduos de la humanidad pensante. Es, pues, necesario que el misionero esté al corriente de las cosas de su ministerio y de su tiempo. Tal es la mejor de las solu– ciones dadas al problema de ocupar útilmente a los mi· sioneros, algunos de los cuales han permanecido toda su vida como verdaderos tesoros escondidos, por no haber tenido nadie que los supiera orientar en la explo· tación de sus cualidades naturales. Pero no basta solamente leer, es necesario también escribir. La pluma es el pico que descubre la mina, la reja que abre el surco. Seria inútil y ridículo almacenar, si no se pusieran en circulación, las mercancías almace– nadas; y la llave que abre el depósito de los conocimien– tos y los lanza a la circulación es la pluma. Entre los mi– sioneros hay muchos, por no decir todos, que podrían escribir anualmente ya una monografía sobre alguna cuestión misional interesante, ya un resumen de las cos– tumbres y supersticiones de los pueblos que catequizan,
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