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-151- bién los libros pueden quedar en la misión y formar algo así como el índice de nuestra cultura moral, de esa cul– tura a cuya cabeza debemos estar• si queremos apare– cer ante el mundo, no solo como hombres de conoci• mientos y de buena educación, si que también como dignos sacerdotes. La lectura de un miserable diario cuyas páginas se recorren con avidez desde el título hasta la finna del gerente, no bastará nunca a un misionero que sepa res– petarse, y sería verdaderamente vergonzoso que ante un militar, un comerciante, un abogado o un cónsul, el varón apostólico no fuera capaz de afrontar una cues• tión de historia o de geografía, o mantener el interés de una conversación con la extensión de sus conocimientos. «La colección de clásicos y libros de texto no da– ñará nunca a los libros de devoción. Dios que es la fuente de la verdad y del bien, lo es también de la be– lleza; y los medios de conservar y aumentar la cultura general deben constituir el complemento íntegro y escru– puloso de nuestro propio estado. «Un sacerdote que todos los días hace sus ejerci– cios de piedad, su meditación, su examen de conciencia, su lectura espiritual; que repasa las páginas de la Sa– grada Escritura y de la teología, adquiere con solo esto un cúmulo de conocimientos no desprecjable. Pero el misionero no debe contentarse con solo esto. También le es necesaria la lectura de «buenos» libros, revistas y diarios. Insistimos sobre la palabra .'.buenos» porque nadie ignora que tambien hay malos libros y malas re– vistas y malos diarios, cuya lectura pondría en peligro la fe y la vocación del misionero, o por lo menos debilita-

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