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-148- ya sorprendido por las lluvias en casa de algún cristia– no o en alguna cueva o choza sucia y abandonada. De su misma residencia ordinaria no saldrá sino por nece– sidad y en ella tendrá que permanecer sin que haya nadie, que se acuerde de él. ¡ Qué dulce es tener enton– ces al fado del breviario, del crucifijo, del rosario, un libro, unas hojas de papel y una pluma! Ciertamente que hay de ordinario muchos prejuicios sobre este pun– to. Creen muchos que el misionero católico debe estar absorto de continuo en los trabajos y deberes del mi– nisterio y esto ni es, ni puede ser así. Es verdad que hay tiempo de trabajo extraordinario, pero también hay días, semanas y a veces hasta meses en que, por cir– cunstancias especiales del lugar, queda completamente dueño de sí mismo y de su tiempo. Este tiempo bien aprovechado puede redundar en gran honor de la Iglesia, de la Orden o Instituto a que se pertenece y de las misiones católicas en general, dando a conocer a los demás tantas cosas como se ig– noran en los paises civilizados, ayudando a las investi– gaciones de los aficionados y sabios, y facilitando con nuestro trabajo el camino del Apostolado a los que ven– drán detrás de nosotros a continuar la obra de la evan– gelización de los pueblos paganos. Así como los escri– tos de un misionero decidieron tal vez tu vocación apostólica, así los tuyos pueden ser causa de que surjan nuevas vocaciones. Y ¡qué hermosa y noble satisfacción sentirás el día que sepas haber engendrado un apóstol para Jesucristo! No importa que al correr de Ios años, cuando a las impresiones del momento siga la experiencia y el co-
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