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-147- 4. 0 Pequeñas industrias del nuevo misionero. -Y después de esto, a trabajar. Sería un error muy grande considerar como perdido el tiempo que un mi– sionero, después de haber llenado cumplidamente sus deberes de úpóstol, emplea en contar a sus padres, a sus amigos, a sus bienhechores y aún a los estudiosos, sus aventuras curiosas, sus extraños encuentros, sus impresiones acerca de lat; costumbres que observa en las gentes con quienes vive, la vida que lleva en su misión, etc.. Esto no es en modo alguno censurable, sino muy de alabar. Tal vez no llegue a escribir nunca trabajos interesantes y profundos, pero el delinear un pequeño mapa del lugar en que ejerce su apostolado, anotar los prejuicios más comunes y las fiestas más tí– picas de los indígenas, estudiar la producción de los campos, el modo que tienen de comerciar entre ellos, las condiciones atmosféricas del lugar, los ritos y cere– monias observados en los casamientos y funerales, sus tradiciones religiosas en comparación con el cristianis– mo, el formar poco a poco un pequeño museo de plan– tas, de anim,1les, de rocas, de fósiles, de objetos de cul– to y arte, etc., son cosas, que están al alcance de to– dos y que el día de mañana pueden llegar a ser contri– buciones utilísimas para otros mejor dispuestos o me– jor preparados, aparte de que este trabajo sirve admi– rablemente para hac!;rle al misionero menos pesado el aislamiento. Yo quisiera que el nuevo apóstol adquiriese desde el principio el hábito del trabajo, pues cuando menos se piense, se ha de encontrar aislado de todos durante semanas y meses enteros, ya perdido entre montañas,

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