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-146- te, nuestras hermosas iglesias y majestuosas basílicas y la devoción que sentías hacia las mjlagrosas imágenes de la Virgen de los santuarios de tu patria. Es pues necesario, que desde el primer día de tu llegada a la misión, invites a Jesús a permanecer siem– pre contigo. Dale parte de tu tiempo, de tus ocupacio– nes, de tus alegrías, de tus dolores y sobre todo de tus afectos. Si tu iglesita o capilla tiene ya Tabernáculo, no lo dejes nunca abandonado. Si no lo tiene, hazlo ense– guida con el permiso de tus Superiores que se sentirán muy felices de poder darte semejante compañía. Las alegrías, que se ponen en contacto con Jesús son más dulces y duraderas y los dolores se endulzan y hacen más llevaderos en presencia del divino Consola– dor. Las luchas de la carne, las dudas y agitaciones del espíritu te serán más ligeras; el mundo pretenderá arras– trarte con el recuerdo de sus atractivos, pero, estando con Jesús, podrás permanecer frío e insensible a sus Ua– mamientos; como los Apóstoles, como la Santísima Vir_ gen, beberás a raudales en las fuentes mismas de la verdadera alegría y dejarás de buena gana que gocen los otros de esas alegrías vanas y efímeras del mundo, que se desvanecen a la menor contradicción, cuando no terminan brúscamente con una desgracia de familia o con la misma vida, que no tiene sino la duración del relámpago. Así podrás repetir con aquel misionero, que ape– nas llegado a su nueva casita misional, exclamaba todo fuera de sí: « ¡Ahora gozo yo de una paz y de una feli– cidad, que no conocía en mi patria!»
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