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-138- rá difícil encontrar sobre la nave un rincón solitario pa– ra orar. Sobre todo, oh hermano mío, ten pocas pala– bras, pero dulces y cariñosas con quienes no piensan como tú. Eres ciertamente apóstol, pero no por esto estás obligado a convertir a los que nada quieren saber de conversión. Los incrédulos han pagado como tú su pasaje y tienen derecho a que nadie les moleste. Usa pues con ellos la misma conducta sencilla y espontánea que usas con los demás, y en modo alguno muestres se– ñales de compasión hacia ellos y mucho menos gestos . de desprecio, que son cosas todas que ofenden, lo cual debe estar muy lejos del misionero. Si así no lo haces, sufrirás muchos desaires y desengaños y hasta llegarás a producir en tus prójimos un efecto diametralmente opuesto al que te habías figurado. 3. ° Conveniencias de la hospitalidad.-Creo así mismo, por la larga experiencia que tengo, que no es aconsejable descender en todos los puertos donde el buque hace escala, y correr desalentados hacia donde quiera que se vea una torre o una cruz; pasar visita a to– das las calles, templos, pagodas, museos y plazas; ir bus– cando anécdotas e impresiones; correr todos los cami– nos de las gentes y querer meter la cabeza por todas las ventanas, para terminar tal vez, cuando menos piensa, apaleado en un rincón de la casa, por haber cometido alguna imprudencia. Pero aparte de esto, si es cierto que la caridad de Jesucristo ha levantado sus pabellones en toda la tierra,

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