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-135- delo, y con lo segundo te pones en ridículo y te envi– leces a ti mismo. La idea que se tiene del misionero ca– tólico no gana absolutamente nada con esas costumbres mundanas. Deja para otros las distracciones, las alegrí– as ruidosas, las diversiones de los seglares y guarda pa– ra tí la dulce y tranquila poesía del retiro y de la paz \interior. \ 2. 0 cintra in cubiculum tuum>.-No creas sin embargo que este amor del retiro y el silencio te dis– pensan de atender como se debe a ci~rtas obligaciones y compromisos de caridad y conveniencia que el trato social imponen y que suelen presentarse aún en los lar– gos viajes. Si el misionero lleva la civilización a pue– blos desconocidos, es justo que antes la muestre a los que viven con él y son de la misma raza. La religión y la civilización imponen atenciones y enseñan el res– peto que a todos se debe tener, sea cualquiera la na– ción, la condición social y las creencias religiosas a que pertenezcan; imponen también obediencia y acatamien– to al Reglamento del barco; paciencia y resignación en las privaciones de toda clase, que a veces hay que su– frir, aún relativas a la devoción y piedad. Debe el mi– sionero abstenerse de pedir favores y excepciones que lo presenten ante los demás, como un viajero singular y misterioso colocado fuera del marco general; debe dejar en paz a todos, desde el capitán de la nave hasta el último mozo de servicio; debe mostrarse, sobre todo,

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