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-134- pero se trata del misionero que vuelve cargado de mé– ritos, no del que parte por primera vez. Este, a lo más, tiene derecho al respeto y estimación de cuantos le ven o le conocen, siempre que su conducta, su prudencia y su discreción, le hagan digno del alto honor a que ha sido llamado. ¡Ojalá, mi querido hermano, que el recuerdo de la nave que te llevó a misiones, la poesía siempre cam– biante de las tierras y mares que has de ver y atrave– sar no guarden para tí ningún remordimiento! Permíte– me, pues, que en el momento de partir te dé algunos consejos, con la misma libertad con que yo hubiera que– rido me los hubieran dado a mí. La vida de viaje es ge– neralmente nueva y desconocida por completo para el misionero católico, y si no está acostumbrado a tener por norma de sus acciones una profunda virtud, basada en el espíritu de Jesucristo, se verá en ella como deso– rientado y no podrá menos de cometer muchos defectos. Sea, pues el primer consejo que te doy, que hagas de tu camarote algo asf como un pequeño santuario, y de la cubierta del vapor algo parecido a un púlpito des– de donde se escuche de continuo la predicación del buen ejemplo y de la dignidad sacerdotal. No abandones durante el viaje esta dignidad, cual si fuera mercancía sin valor, para volver a tomarla a la llegada. Esto lo hacen los hipócritas, los que se avergüenzan de la ver– dad, pero jamás los verdaderos apóstoles deJesucristo. Evita sobre todo, ya sea en el vestir, ya en tu por– te exterior, el darte aires de importancia y de turista, pues lo primero no dice bien con la sencillez evangélica, de la cual el misionero ha de ser siempre un vivo mo-
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