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-132- En un pais bárbaro o semi-bárbaro, como son casi todos los paises de misión es siempre muy útil el mi– sionero, que sepa levantar una casa, una Iglesia, ajus– tar y dorar un copón o un cáliz, retener en el pincel o la cámara fotográfica un acontecimiento importante y según el ejemplo del Príncipe de los apóstoles, sería un gran error, no incluir esas cosas en el propio programa apostólico. Por lo general nosotros los misioneros, so– mos demasiado confiados y hasta soberbios, pues nos parece haber llegado a un grado de espiritualismo tan alto que ya nada tenemos que ver con la tierra. No, no; la tierra reclama también sus derechos y las nueve dé– cimas parte de los misioneros que dicen: «A mi me basta el breviario, el crucifijo y el rosario,» se dan cuenta al poco tiempo de que no les basta y de que también ne– cesitan con frecuencia las cosas al parecer más despre– ciables. ¡El Crucifijo... el breviario... ! Muy bien; pero parte del tiempo hay que dedicarlo a otras cosas y ese tiempo hubiera sido mucho mejor empleado si se hubie– ran escuchado y puesto en práctica los sanos consejos de la experiencia y de la propia indinación. Todos los pueblos no civilizados son por naturale– za perezosos, apáticos y enemigos del trabajo y es en gran parte el misionero el que debe enseñarles el valor infinito del tiempo. Por eso San Pablo alababa tanto el trabajo manual, llegando a ponerlo como prueba de la santidad de su predicación... «et laboramus operantes manibus nostris.» Por to tanto, mi querido hermano, pon desde ahora como resumen de tu programa misio– nal aquellas palabras tan compendiosas y conocidas: {<Ora et labora.»
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