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-129- que el sacrificio que entonces realizaste por amor a Jesús te da ahora un santo derecho para hacerlo. Así es como se honra uno a sí mismo y conquistan presti– gio y admiración los misioneros, muy al contrario de aquellos que después de haber mostrado por todas par– tes sus debilidades y pequeñas miserias, llegan a la misión y no encontrando al poco tiempo novedades con qué alimentar la ligereza de su espíritu, hacen un cam– bio de frente vergonzoso, por haberse buscado en todo a sí mismos, en vez de mostrar a Dios su humilde agra– decimiento por gracia tan extraordinaria. Esto no ha sucedido ni sucederá jamás al misione– ro que supo prepararse a la partida con gran acopio de fervor, mediante el silencio y la oración. 3. 0 Qué haría yo si me hiciera misionero.– Huye, pues, oh hermano mío, de los preparativos apa– ratosos y las despedidas ruidosas. Jesucristo mandó por el mundo a sus apóstoles desprovistos de todo y sin embargo confesaron al volver, que nada les había faltado. Abandónate en brazos de la divina Providencia y te verás libre de muchos disgustos y contratiempos. Es fácil que alguno de tus compañeros a fuerza de im– portunar y de pedir, consiga llevar todo un cargamento de obsequios y regalos. No le envidies. Pregúntale al -fin del viaje qué utilidad va a sacar de todas aquellas bagatelas, y verás cómo entonces se da cuenta de que si hubiera tenido más experiencia de la vida, no se hu– biera desasosegado tanto por reunirlas, ni con ello hu- 9
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