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trata de uno de los más esclarecidos, si no el más esclarecido, por su extraordinaria vida, virtudes y milagros, y decimos un brevísimo resumen, porque a pesar de afirmar el autor en el prólogo del libro que suprimió todas las reflexiones ascéticas y referir' escuetamente los hechos de su portentosa vida, no obstante resulta un volumen de 300 páginas. Nació, pues, este gran siervo de Dios en la villa de Mon­ zón, el año 1527, de padres muy cristianos y temerosos de Dios; los cuales se esmeraron tanto en la educación de sus hijos, que de sólo tres que tuvieron, dos fueron capuchinos y el tercero Secretario del Virrey de Nápoles. En el bautismo recibió el nombre de Juan. A los 18 años fué a Nápoles a vivir en compañía de su her­ mano y lejos de deslumbrarle el brillo de la corte y las gran­ dezas de Palacio, luego que vió a los capuchinos, se sintió tan fuertemente atraído hacia ellos por los extraordinarios ejem­ plos de su vida, que determinó abrazar su instituto. Y como sabía que el mayor obstáculo que había de encontrar para la realización de su proyecto, era sin duda la oposición de su hermano, usó de un ardid, que fué, ofrecerse al Virrey para pasar a Milán a fin de pelear en las guerras que el rey7 de Es­ paña sostenía en este Estado. Con permiso del Virrey a quien agradó la oferta y con el beneplácito de su hermano, pasó a Milán, donde muy pronto se presentó al Padre Provincial de los Capuchinos que residía en aquella ciudad, manifestándole sus grandes deseos de ser­ vir a Dios y pidiéndole humildemente el santo hábito, lo cual consiguió entrando en el Noviciado para corista a la edad de 20 años y mudando el nombre de Juan por el de Ignacio. Parecíale a la vista de aquellos santos padres de los prin­ cipios de la Orden Capuchina, que no vivía ya en la tierra, sino en el paraíso en compañía de los ángeles, pues no otra cosa eran aquellos primitivos Padres sino ángeles en carne humana. Propúsose imitarlos aprovechándose de su celestial doctrina, santa conversación y admirables ejemplos, tomán­ dolos como modelo y siguiendo muy de cerca sus pasos a fin de copiar' en sí la perfecta imagen del seráfico Padre San Fran— 48 —

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